La voz de los que claman en el desierto

Cuando la iglesia hace su trabajo, las multitudes buscan la iglesia. Hoy, a la gran mayoría de líderes juveniles se les han llenado la cabeza de prometedores horizontes, de bellas naciones esperando por ellos, de multitudes por conquistar, de grandes ciudades y miles de personas admirándolos. Pero no les han enseñado que no es necesario buscar las multitudes, ni son la razón de sus vidas, ni que lo verdaderamente importante es buscar el rostro de Dios y hacer su voluntad. Si aprendieran esto último, entonces las multitudes correrían a la iglesia que el Señor les ha encomendado que cuiden.

El Evangelio según San Marcos nos presenta a Juan el Bautista ejerciendo su ministerio, cuyo llamamiento se dio en secreto desde antes de su nacimiento (Lc 1:11–17). Juan sirve con una enorme pasión por cumplir la voluntad del Señor. Inicia su ministerio sin profetas que hablen de él ni lo introduzcan. Nadie le impuso manos humanas visibles, solo las invisibles pero reales, pues Dios mismo lo había escogido. Para comenzar su ministerio no buscó los grandes estadios, los escenarios, ni cifras elevadas de gente, como si se tratara de alguna competencia. Aunque usted no lo crea, comenzó en el desierto. ¿A quién se le ocurriría comenzar allí? ¿Por qué no hacer un evento de mayor importancia para darse a conocer?

Y para aumentar el grado de dificultad, Juan bautizaba en el río Jordán el cual estaba como a 30 Km. de Jerusalén. Lo interesante es que las multitudes venían de todas partes en busca de la verdad, incluyendo a la gente de Jerusalén. Nadie sabía de su consagración pero todos lo respetaban. Había ese algo en Juan que inspiraba confianza, pero que a la vez lo hacía diferente a los demás. Cuando hablaba todos callaban y no había quien se atreviera a refutar lo que él decía. Juan era hombre de principios y buscador de la voluntad de Dios más que de las multitudes. Guerrero incansable por hacer oír la voz del que venía detrás de él.

Recuerdo bien la vez que grabé un disco compacto, ¡anhelaba las multitudes! Tras mucho sufrimiento logré que lo hicieran sonar en una radioemisora. Como mi meta era que todos me conocieran dije: ¡Voy a ayudarle a Dios! Así que comencé a llamar a la estación de radio para solicitar mi propia canción. En algunas llamadas era Miguel, en otras Carlos, en otras un amigo del famoso cantante. Solo me faltó imitar la voz de alguna mujer, pero, aunque lo pensé por algún momento, no lo hice porque creía que hacer eso rayaba en lo ridículo. Pero más ridículo era el hecho de pedir a Dios que me diera fama, multitudes, gente que apreciaran mi talento. Se me había olvidado por completo que fui llamado a forjar en otros el talento del único y gran artista. Se me había olvidado que estar rodeado de multitudes no es lo realmente importante, sino hacer la voluntad del Padre. Por supuesto, nadie más llamó a pedir canciones del «maravilloso» CD.

La juventud que hoy se levanta debe buscar despojarse de esa ambición por las multitudes que sutilmente les ha sido alentada en sus iglesias. Su ambición debe ser por mantener cada día una íntima y significativa relación con el Señor. Ya no ministrar por el placer de tener a miles al frente, sino por el placer de tener a uno al frente, el cual lo llena todo, lo suple todo, lo sacia todo, lo entrega todo.

Generación valiente, es el momento de predicar el bautismo del arrepentimiento; no el de la atracción o el espectáculo; no el de la prosperidad o el del relajo. Es el momento de volver a predicar a Cristo crucificado y el poder de su resurrección. Es el momento de inquietar a la gente con el mensaje, más que entretenerlos. Es el momento de dejar de preparar sermones que agraden al corazón del hombre y preparar sermones que agraden al corazón de Dios.

El resultado de buscar el rostro de Dios antes que a las multitudes provoca:

  • Que las multitudes corran hacia la verdad.
  • Que el líder tenga claro su propósito en la tierra: adorar al Señor.
  • Que el pueblo confiese sus pecados ante la santidad de sus líderes.
  • Que sea visible y claro el respaldo de Dios sobre la persona que él llama. No un llamamiento forzado por las ambiciones personales de algunos.
Juan significa el Señor es misericordioso. Líderes de jóvenes con corazones de Juan el Bautista es lo que necesita la iglesia. Llenos de misericordia y verdad. Plenos en amor y compromiso.

 
*Haz lo que tengas que hacer realmente, y sin duda las multitudes correrán a ti por causa de Jehová, que la prioridad sea ver su rostro, buscar su gloria primero.

Escrito por Marco Vega.

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