Esa hipócrita tolerancia

Todos queremos ser tolerantes ahora, decimos que aceptamos al resto, que no se debe discriminar y que hay que vivir en paz y armonía, pero en el mismo momento en el que nos tocan aquello que nos molesta, que nos duele, que nos hace recordar algo desagradable, o que simplemente no se alinea con nuestra forma de pensar, se nos escapa el amor bien lejos y sale a la luz el rechazo y la más grande de las intolerancias.


Pasa todos los días en todas partes, con nuestros hermanos, en nuestro trabajo, en las iglesias, entre las religiones, los estilos de música o de ropa, las clases sociales, los colores políticos y en los gustos, sobre los cuales no hay nada escrito, pero si se llegara a escribir llenaríamos páginas con historias de intolerancia y discriminación a cada rato. De esta misma forma nos herimos, nos ofendemos, nos rechazamos y nos golpeamos explícita o implícitamente unos a otros, con las manos, con las actitudes, o con simples miradas cuando a nuestro lado pasa alguien que no es igual o parecido en algo a nosotros.

Me cansa que todo esté tan lleno de estereotipos, de moldes, de máscaras, nada es lo que parece finalmente y nos vamos engañando a cada minuto por las impresiones que nos causa el resto; esto mismo hace que nos cerremos a conocernos y a ver lo bueno del otro, a ofrecerle lo bueno de mi y a mostrarnos como realmente somos. Terminamos aceptando aquello que de alguna manera se acerca aunque sea un poco a la manera de pensar que tenemos y levantamos un letrero diciéndole al mundo lo tolerantes y buenos que somos, pero la hipocrecía está a la vuelta de la esquina y esos mismos letreros se caerían a pedazos delante del resto si verbalizáramos lo que realmente pensamos de los demás, del compañero, del colega, del jefe, de esa persona incómoda en la familia, del que no se adapta al concepto de belleza que manejamos, del que no cree lo que yo creo, el que no piensa como yo pienso.

Las pequeñas faltas de respeto, las insignificantes miradas de desprecio al que está al lado nos llevan como sociedad a las grandes tragedias, a lamentar y a asombrarnos con los ojos bien abiertos de que nadie está libre de ser golpeado, herido, mal mirado o despreciado por alguien que no piensa igual a uno.

Nos falta mucho aún para ser tolerantes, queda mucho aún para no seguir discriminándonos unos a otros.

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