Cuando correr no es la mejor opción

Fuente: el dashboard de tumblr

Cuando era chico visitaba mucho el campo y recuerdo que con mis primos en una ocasión nos escapamos para ir a mirar al toro y jugábamos a que nos mataría y corríamos por las pampas del sur de Chile, no era un peligro tan real pero era bastante adrenalínico pensar en que moriríamos, así que teníamos que correr por nuestras vidas; seguramente manipulados por el mayor del grupo que nos hacía dar susto en ese entonces jugando con nuestros pobres corazones infantiles. Después un poco más de grande jugaba al  mítico “ring ring raja” y en una ocasión salieron de una casa a perseguirme para pegarme y también tuve que correr por mi vida, luego me atraparon pero eso ya es otro cuento.

Quizás alguien ha corrido para que no le asalten o a quién no le ha tocado correr de un perro que le quiere morder. Estamos diseñados para reaccionar de esta forma frente a los peligros, es un acto reflejo de nuestro cuerpo, se activan las emociones, aumenta el ritmo cardíaco y la respuesta de huida nos hace mover brazos y piernas para arrancar de los peligros reales o imaginarios. Sabiamente fuimos creados de esta manera, otros le echarán la culpa a los siglos de evolución.

Pero qué sucede cuando el peligro no es externo, cuando no hay alguien que te esté persiguiendo para golpearte, ni para matarte, ni para decirte cosas feas, o lo que sea que te afecte, qué pasa cuando el peligro es interno, cuando no son los otros, sino uno mismo quien se hace daño, quien no toma las decisiones correctas, quien se lastima por seguir sus instintos y no hacerle caso a la razón, o al revés, por hacerle caso a la razón y no seguir lo que dice el corazón (se puso cursi la cosa). Es precisamente en esos momentos cuando también decidimos huir, queremos arrancarnos de nosotros mismos, buscamos la forma de escapar. Puede ser tapándose los oídos con la música más fuerte que encontremos o componiendo, o tocando la guitarra, los más artísticos, o llenándonos de muchas actividades para mantenernos ocupados, llegando tarde a la casa, o también puede ser emborrachándonos, fumando para al fin poder relajarse, otros probando otras cosas, y otros cortándose para sentir algo, para no sentirse muertos, agobiados, o en el peor de los casos para morirse definitivamente. Todos en alguna ocasión hemos querido arrancar, hemos querido salir corriendo en diferentes niveles cada uno, pero la pregunta es ¿A dónde puedo ir cuando tengo que escapar de mi mismo?

Y nadie podrá darnos la respuesta a eso, porque es imposible escaparse de si mismo. Podemos pasarnos la vida entera  tratando de escapar, pero el mundo no es tan grande como para esconderse para siempre. Debemos enfrentarnos a nosotros mismos, debemos aceptar, otra veces pelear, otras simplemente comprender y otras tener un encuentro con aquellos que nos ayudan, esos que sin interés te dan una mano. En mi caso han sido personas, amigos, una madre, un padre, en los que he visto un amor incondicional, un amor parecido al de Dios, que nunca te deja. Pero aunque ellos no estén, se que puedo confiar en el amor de Dios “aunque padre y madre te dejaren, con todo, El Señor me recogerá” (salmo 27:10).

Ya no sirve correr y arrancar de ti mismo, cuando lo que debes hacer es parar, mirar, darte la vuelta, verte a ti mismo, y en caso de que esto sea muy difícil, atreverse a mirar al cielo otra vez.

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