Yo nunca, nunca…

Nos cuesta tanto descubrirnos. Somos como una cebolla, por fuera son de un color, pero a medida que vamos sacando capas de ellas van cambiando el color inicial, van siendo más claras, más puras, y si continuamos a veces encontramos partes malas, y otras verdes. No soy un gran cocinero, ni tengo buena relación con la cocina (con la comida si), pero no puedo evitar comparar esto con nosotros mismos y el descubrimiento que durante la vida vamos teniendo de los demás y de nuestro propio ser.

Para poder saber quienes somos nos tenemos que ver enfrentados al llamado “descubrimiento de la identidad” pero a la vez esta no es algo que esté oculto dentro de nosotros como algo fijo y fácil de descubrir, sino que va formándose  y transformándose a medida que vivimos experiencias y a medida que nos conocemos. Cada cosa nos transforma, y por eso es tan difícil saber cómo somos, porque seguramente no seremos de la misma forma mañana.

Sacamos una capa de nosotros y cambiamos, a la vez que nos descubrimos. Sacamos otras y cambia también nuestra forma de vernos, de vivir las experiencias, de enfrentarnos a ellas. Por este mismo cambio y dinamismo es que nos cuesta  saber quiénes somos en su esencia.

Me cuesta creerle a la gente que hoy dice saber muy bien quienes son, lo que quieren en la vida, lo que harán y lo que nunca pero nunca podría llegar a ser. Me cuesta porque yo mismo he cambiado sueños, preferencias, expectativas, ya no soy el mismo de antes, como quizás mañana tampoco sea el mismo de hoy. Me cuesta entenderlo hoy y antes no me costaba, porque creía que habían cosas que no cambiaban, pero las experiencias mismas me han refregado en la cara que casi todo cambia, las relaciones, los sentimientos, las impresiones de la gente, incluso ciertas convicciones e ideas. Como todos, he visto a quien dijo “yo nunca, nunca…” y bueno, terminó haciendo y viviendo justamente lo que tanto renegaba.

Como decía Heráclito, un famoso pensador de la antigüedad “no puedes bañarte dos veces en las aguas del mismo río” (parafraseado), porque este fluye, cambia, y esta fluidez hace que las aguas no sean las mismas jamás. Así mismo es la vida, cambiante, sorprendente y al final bonita, es lo que la hace emocionante. Hay que mantenerse abierto al cambio, y nunca decir “yo nunca, nunca…”